Amor de madre.

Cuando era pequeña, en casa de mi abuela paterna tenían una gata. Era una gata gris perla, esponjosa, buena y paciente.

Todos los sábados nos reuníamos a comer arroz al horno. La gatita se paseaba entre nuestras piernas como si fueran un bosque de pinos. Enroscaba la cola al pasar, como si de una dama victoriana se tratase.

En una de esas comidas, pisé algó un día. Cuando me agaché para mirar, vi que a la pobre gatita le había pisado la cola sin querer. No dijo ni miau. Más buena que el pan.

Sólo una vez sacó las garras. Había tenido gatitos. Del padre no supimos nunca. Creo que dijo que se iba a comprar leche. Estaba en la terraza, y mis primos y yo nos acercamos curiosos a ver la camada. No pudimos. La gata empezó a gruñir con rabia, advirtiéndonos, como Gandalf  al Balrog, de que ¡¡ No podíamos pasar!!.

Este recuerdo me acompañó siempre, como definición del instinto animal.

Hasta hace unos meses, no fui realmente consciente de lo que esa frase significa. Di a luz a mi hija, y se ha convertido en la principal razón por la que sonrío. (Junto a su padre, aunque él, más que sonreír, me hace reír a carcajadas).

Además de eso, mi parte más mamífera ha salido a la luz. Desde que supe que estaba embarazada, un instinto protector hacia la pequeña vida que estaba dentro de mí, se agudizó.Y reconozco que me molestaba que no la consideraran una personita, digna de todo el respeto y cariño desde el minuto 1. Y más de una vez he sacado un caracter desconocido en mí para defenderla.

Quizás lo mío es amor de madre. Gatuna.

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